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1 de agosto de 2013

Tratado de la oración y meditación.

Dios y los Ángeles--->
<---Advocación Universal a María Santísima.


Tratado de la oración y meditación escrito por el padre Español Fray Pedro de Alcántara, fraile menor de la Orden del Bienaventurado San Francisco, dirigido al muy magnífico y muy devoto señor Rodrigo de Chaves vecino de Ciudad Rodrigo.
Y ...habiendo leído muchos libros acerca de esta materia, de ellos en breve he sacado y recopilado lo que mejor y más provechoso me ha parecido. Plegue al Señor que así aproveche a todos los que le buscan, pues no es para los demás, y que consiga vuestra merced el interés espiritual de su buen deseo, y yo el de su buena voluntad; toda a honra y gloria de Jesucristo nuestro Bien, cuyo es todo lo que es bueno.
Fray Pedro de Alcántara, (1499 - 1562). Editorial Cisneros, Madrid año 1976.—

No es una biografía de San Pedro de Alcántara es más bien un estudio profundo de la oración. El autor hacen un esfuerzo para captar, por una parte, el significado muchas veces escondido de la oración y, por otra, acercar su figura y su pensamiento al hombre de hoy.
El esfuerzo ha merecido la pena, y así nos encontrarnos con una obra que, desde la vida y pensamiento del alcantarino, cuestiona nuestra vida e ilumina nuestra búsqueda en los hombres y mujeres de hoy.

ADVERTENCIA: muchas partes de este libro suenan como un fuerte reproche para el ciudadano de hoy día, donde todo está permitido, donde cualquier persona hace lo que desea y le venga en gana, donde los valores morales paracen caer en desuso; pero se ha tener en cuenta que para Dios los verdaderos valores siguen vigentes y lo seguirán por siempre.
Este libro esta llamado a la santidad para quien lo practique y a vivir como Dios quiere.
No es fácil, pero tampoco es imposible, sólo requiere el esfuerzo y la constancia de todos los días.
Todos los días nos levantamos, nos aseamos, nos alimentamos, salimos al trabajo, etc. Para la santidad se requiere igual atención.

CAPÍTULO I. DEL FRUTO QUE SE SACA DE LA ORACIÓN Y MEDITACIÓN.

Porque este tratado breve habla de oración y meditación, será bien decir en pocas palabras el fruto que de este santo ejercicio se puede sacar, porque con más alegre corazón se ofrezcan los hombres a él.

Notoria cosa es que uno de los mayores impedimentos que el hombre tiene para alcanzar su última felicidad y bienaventuranza, es la mala inclinación de su corazón, y la dificultad y pesadumbre que tiene para bien obrar; porque a no estar ésta de por medio, facilísima cosa le sería correr por el camino de las virtudes y alcanzar el fin para que fue criado. Por lo cual dijo el Apóstol (Rom.7,23): Huélgome con la ley de Dios, según el hombre interior; pero siento otra ley e inclinación en mis miembros, que contradice a la ley de mi espíritu.

Y me lleva tras sí cautivo a la ley del pecado. Ésta es, pues, la causa más universal que hay de todo nuestro mal. Pues para quitar esta pesadumbre y dificultad y facilitar este negocio, una de las cosas que más aprovechan es la devoción. Porque (como dice Santo Tomás) no es otra cosa devoción sinos una prontitud y ligereza para bien obrar, la cual despide de nuestra ánima toda esa dificultad y pesadum y nos hace prontos y ligeros para todo bien.
Porque es una refección espiritual, un refresco y rocío del cielo, un soplo y aliento del Espíritu Santo y un afecto sobrenatural; el cual, de tal manera regla, esfuerza y transforma el corazón del hombre, que le pone nuevo gusto y aliento para las cosas espirituales, y nuevo disgusto y aborrecimiento de las sensuales.

Lo cual nos muestra la experiencia de cada día, porque al tiempo que una persona espiritual sale de alguna profunda y devota oración, allí se le renuevan todos los buenos propósitos; allí son los favores y determinaciones de bien obrar; allí el deseo de agradar y amar a un Señor tan bueno y dulce como allí se le ha mostrado, y de padecer nuevos trabajos y asperezas, y aun derramar sangre por Él; y, finalmente, reverdece y se renueva toda la frescura de nuestra alma.

Y si me preguntas por qué medios se alcanza ese poderoso y tan notable afecto de devoción a la oración, a esto responde el mismo santo doctor diciendo: que por la meditación y contemplación de las cosas divinas; porque de la profunda meditación y consideración de ellas redunda este afecto y sentimiento acá en la voluntad, que llamamos devoción, el cual nos incita y mueve a todo bien.
Y por eso es tan alabado y encomendado este santo y religioso ejercicio de todos los santos; porque es medio para alcanzar la devoción, la cual, aunque no es más que una sola virtud, nos habilita y mueve a todas las otras virtudes, y es como un estímulo general para todas ellas.
Y si quieres ver cómo esto es verdad, mira cuán abiertamente lo dice San Buenaventura (en De vita Christi) por estas palabras:

Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, seas persona de oración.

Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, seas persona de oración.

Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y apetitos carnales, seas persona de oración.

Si quieres conocer las astucias de Satanás, y defenderte de sus engaños, seas persona de oración.

Si quieres vivir alegremente y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, seas persona de oración.

Si quieres alejar de tí las moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, seas persona de oración.

Si la quieres sustentar con la grosura de la devoción y traerla siempre llena de buenos pensamientos y deseos, seas persona de oración.

Si quieres fortalecer y confirmar tu corazón en el camino de Dios, seas persona de oración.

Finalmente, si quieres desarraigar de tu alma todos los vicios y plantar en su lugar las virtudes, seas persona de oración;
porque en ella se recibe la unción y gracia del Espíritu Santo, la cual enseña todas las cosas. Y demás de esto, si quieres subir a la alteza de la contemplación y gozar de los dulces abrazos del Espíritu Santo, ejercítate en la oración, porque éste es el camino por donde sube el alma en la contemplación y gusto de las cosas celestiales.
¿Ves, pues, de cuánta virtud y poder sea la oración?

Y para prueba de todo lo dicho (dejado aparte el testimonio de las Escrituras Divinas), esto basta ahora por suficiente prueba que habemos oído y visto, y vemos cada día muchas personas simples, las cuales han alcanzado todas estas cosas susodichas y otras mayores mediante el ejercicio de la oración. Hasta aquí son palabras de San Buenaventura.

Oye también lo que dice a este propósito otro muy religioso y santo Doctor', hablando de esta misma virtud:
En la oración (dice él), se alimpia el alma de los pecados propios y ajenos,
apaciéntase la caridad,
- certifícase la fe,
- fortalécese la esperanza,
- alégrase el espíritu,
- derrítense las entrañas,
- purifícase el corazón,
- descúbrese la verdad,
- véncese la tentación por muy fuerte que sea,
- huye la tristeza,
- renuévanse los sentidos,
- repárase la virtud enflaquecida,
- despídese de la tibieza del alma,
- consúmese lo destructivo de los vicios,

y en ella no faltan centellas vivas de deseos del cielo, entre los cuales arde la llama del divino amor.
¡Grandes son las excelencias de la oración! ¡Grandes son sus privilegios!
A ella están abiertos los Cielos. A ella se descubren los secretos, y a ella están siempre atentos los oídos de Dios. Esto basta ahora para que en alguna manera se vea el fruto de este santo ejercicio, la oración!

CAPÍTULO II. DE LA MATERIA DE LA MEDITACIÓN.

Viendo cuánto fruto se saca de la oración y meditación, veamos ahora cuáles sean las cosas que debemos meditar. A lo cual se responde, que por cuanto este santo ejercicio se ordena a acrecentar en nuestros corazones amor y temor de Dios, y guarda de sus mandamientos, aquélla será más conveniente materia de este ejercicio que más hiciere a este propósito.
Y aunque sea verdad que todas las cosas creadas y todas las espirituales sagradas nos muevan a esto; pero, generalmente hablando, los misterios de nuestra fe, que se contienen en el Símbolo, que es el Credo, son los más eficaces y provechosos para esto. Porque en él se trata de los beneficios divinos, del juicio final, de las penas del Infierno y de la gloria del Paraíso, que son grandísimos estímulos para mover nuestro corazón al amor y temor de Dios, y en él también se trata la Vida y Pasión de Cristo nuestro Salvador, en la cual consiste todo nuestro bien.

Estas dos cosas señaladamente se tratan en el Símbolo, y éstas son las que más ordinariamente rumiamos en la meditación, por lo cual con mucha razón se dice que el Símbolo es la materia propiísima de este santo ejercicio, aunque también lo será para cada uno lo que más moviere su corazón al amor y temor de Dios.

Pues, según lo dicho anteriormente, para introducir a nuevos y principiantes en este camino, señalaré aquí brevemente dos maneras de meditaciones para todos los días de la semana, unas para la noche, y otras para la mañana, sacadas por la mayor parte de los misterios de nuestra fe, para que así como damos a nuestro cuerpo dos alimentos importantes cada día, así también las damos al alma, cuyo pasto es la meditación y consideración de las cosas divinas.

De estas meditaciones, las unas son de los Misterios de la Sagrada Pasión y Resurrección de Cristo, y las otras de los otros Misterios que ya dijimos. Y quien no tuviere tiempo para recogerse dos veces al día, a lo menos podrá una semana meditar unos Misterios y otra los otros, o quedarse con solos los de la Pasión y Vida de Jesucristo (que son los más principales), aunque los otros no conviene que se dejen a principio de la conversión, porque son irás convenientes para este tiempo, donde principalmente se requiere temor de Dios, dolor y detestación de los pecados.

Síguanse las primeras siete meditaciones para los días de la semana.

CAPÍTULO II.1. EL DÍA LUNES: LOS PECADOS COMETIDOS.

Este día podrás meditar y memorizar sobre los pecados, y en el conocimiento que causa en tí mismo, para que en lo uno veas cuántos males tienes, y en lo otro veas que ningún bien tienes sino te viene de Dios. Al reconocer estos dos sondeas la sencillez, el cual es el medio por donde se alcanza la humildad, la cual es madre de todas las virtudes.
1 - Para esto debes primero pensar en la muchedumbre de los pecados de la vida pasada, especialmente en aquellos que hiciste en el tiempo que menos conocías a Dios. Porque si lo sabes bien mirar, hallarás que se han multiplicado sobre los cabellos de tu cabeza, y que viviste en aquel tiempo como un gentil, que no sabe qué cosa es Dios.
Discurre, pues, brevemente por todos los diez mandamientos y por los siete pecados mortales, y verás que ninguno de ellos hay en que no hayas caído muchas veces, yaa sea por obras, por palabras o por pensamientos.

2 - Lo segundo, discurre por todos los beneficios que nos brinda Dios, y por los tiempos de la vida pasada, y mira en qué los has empleado; pues de todos ellos has de rendir cuenta a Dios. Pues dime ahora;
¿cómo ha transcurrido tu niñez? ¿Y tu adolescendia?
¿Y cómo fue tu juventud? ¿En qué, finalmente, todos los días de la vida pasada?
¿En qué ocupaste los sentidos corporales y el poder del alma que Dios te dio para que lo conocieses y sirvieses?
¿En qué se emplearon tus ojos, sino en ver la vanidad del mundo?
¿En qué tus oídos, sino en oír la mentira, y en qué tu lengua, sino en mil maneras de juramentos y murmuraciones, y en qué tu gusto, y tu oler, y tu tocar, sino en regalos y blanduras sensuales?

¿Cómo te aprovechaste de los Santos Sacramentos, que Dios ordenó para el remedio de tu alma?
¿Cómo le diste gracias por sus beneficios? ¿Cómo respondiste a sus inspiraciones?
¿En qué empleaste la salud y las fuerzas, y las habilidades de la naturaleza, y los bienes que dicen de fortuna, y los aparejos y oportunidades para bien vivir?
¿Qué cuidado tuviste de tu prójimo, que Dios te encomendó, y de aquellas obras de misericordia que te señaló para con él?
¿Pues qué responderás en aquel día al rendir cuenta, cuando Dios te diga (Lc.16,2): Dame cuenta de todos tu hechos, y de los dones que te entregué; porque ya no quiero que te sirvas más de ellos?
¡Oh árbol seco y aparejado para los tormentos eternos!
¿Qué responderás en aquel día, cuanto te pidan cuenta de todo el tiempo de tu vida y de todos los puntos y momentos que transcurriste en ella?

3 - Lo tercero, piensa en los pecados que has hecho y haces cada día, después que abriste más los ojos al conocimiento de Dios, y hallarás que todavía vive en ti Adán con muchas de las raíces y costumbres antiguas. Mira cuán desacatado eres para con Dios, cuán ingrato a sus beneficios, cuán rebelde a sus inspiraciones, cuán perezoso para las cosas de su servicio, las cuales nunca haces ni con aquella presteza y diligencia, ni con aquella pureza de intención que debías, sino por otros respetos e intereses del mundo.

Considera cuán duro eres para con el prójimo, y cuán piadoso para contigo, cuán amigo de tu propia voluntad, y de tu carne, y de tu honra, y de todos tus intereses. Mira cómo todavía eres soberbio, ambicioso, airado, súbito, vanaglorioso, envidioso, malicioso, regalado, mudable, liviano, sensual, amigo de tus recreaciones y conversaciones y risas y parlerías. Mira cuán inconstante eres en los buenos propósitos, cuán inconsiderado en tus palabras, cuán desproveído en tus obras, y cuán cobarde y pusilánime para cualesquier graves negocios.

4 - Lo cuarto, considera ya por este orden la muchedumbre de tus pecados, considera luego la gravedad de ellos, para que veas cómo por todas partes es crecida tu miseria. Para lo cual debes primeramente considerar estas tres circunstancias en los pecados de la vida pasada, conviene a saber:

Contra quién pecaste, por qué pecaste y en qué manera pecaste.
Si miras contra quién pecaste, hallarás que pecaste contra Dios, cuya bondad y majestad es infinita, y cuyos beneficios y misericordias para con el hombre sobrepujan las arenas del mar; mas, ¿por qué causa pecaste?
Por un punto de honra, por un deleite de bestias, por un cabello de interés y muchas veces sin interés; por sola costumbre y desprecio de Dios.

Mas ¿en qué manera pecaste? Con tanta facilidad, con tanto atrevimiento, tan sin escrúpulo, tan sin temor y a veces con tanta facilidad y contentamiento, como si pecaras contra un Dios de palo, que ni sabe ni ve lo que pasa en el mundo. ¿Pues ésta era la honra que se debía a tan alta majestad?
¿Éste es el agradecimiento de tantos beneficios?
¿Así se paga aquella sangre preciosa que se derramó en la Cruz, y aquellos azotes y bofetadas que se recibieron por ti? ¡Oh miserable de ti por lo que perdiste, y mucho más por lo que hiciste, y muy mucho más si con todo esto no sientes tu perdición!

Después de esto, es cosa de grandísimo provecho detener un poco los ojos de la consideración en pensar en tu nada; esto es, cómo de tu parte no tienes otra cosa más que nada y pecados, y cómo todo lo demás es de Dios; porque claro está que así los bienes de naturaleza como los de gracia (que son los mayores), son todos suyos; porque suya es la gracia de la predestinación (que es la fuente de todas las otras gracias), y suya la de la vocación, y suya la gracia concomitante, y suya la gracia de la perseverancia, y suya la gracia de la vida eterna.

Pues ¿qué tienes, de qué te puedes gloriar, sino de nada, y pecados? Reposa, pues, un poco en la consideración de esa nada, y pon esto sólo a tu cuenta, y todo lo demás a la de Dios, para que clara, y palpablemente veas quién eres tú y quién es Dios; cuán pobre tú y cuán rico es Dios, y, por consiguiente, cuán poco debes confiar en ti mismo y estimarte a ti mismo, y cuánto más confiar en Dios, amar a Dios y gloriarte en Dios.

Pues consideradas todas estas cosas arriba dichas, siente de tí lo más bajamente que te sea posible. Piensa que no eres más que una cañavera, que se mueve con todos vientos, sin peso, sin virtud, sin firmeza, sin estabilidad y sin ninguna manera de ser. Piensa que eres un Lázaro de cuatro días muerto, y un cuerpo hediondo y abominable, lleno de gusanos, que todos cuantos pasan se tapan las narices y los ojos para no verlo. Parézcate que de esta manera hiedes delante de Dios y de sus ángeles, y tente por indigno de alzar los ojos al cielo, y de que te sustente la tierra, y de que te sirvan las criaturas, y del mismo pan que comes y del aire que recibes.

Derríbate con aquella pública pecadora a los pies del Salvador, y cubierta tu cara de confusión con aquella vergüenza que padecería una mujer delante de su marido cuando le hubiese hecho traición, y con mucho dolor y arrepentimiento de tu corazón pídele perdón de tus pecados, y que por su infinita piedad y misericordia haya por bien volverte a recibir en su casa.

CAPÍTULO II.2. EL DÍA MARTES: LAS MISERIAS HUMANAS.

Este día pensarás en las miserias de la vida humana para que por ella veas cuán vana sea la gloria del mundo y cuán digna de ser menospreciada, pues se funda sobre tan flaco cimiento como esta tan miserable vida; y aunque los defectos y miserias de esta vida sean casi innumerables, tú puedes ahora señaladamente considerar estas siete.

1 - Primeramente, considera cuán breve sea esta vida, pues el más largo tiempo de ella es de setenta u ochenta años, porque todo lo demás, si algo queda, como dice el Profeta (Ps.89,10), es trabajo y dolor, y si de aquí se saca el tiempo de la niñez, que más es vida de bestias que de hombres, el que se gasta durmiendo, cuando no usamos de los sentidos ni de la razón (que nos hace hombres), hallaremos ser aún más breve de lo que parece.

Y si sobre todo esto lo comparas con la eternidad de la vida venidera, apenas te parecerá un punto. Por donde verás cuán desvariados son los que por gozar de este soplo de vida tan breve se ponen a perder el descanso de aquella que para siempre ha de durar.

2 - Lo segundo, considera cuán incierta sea esta vida (que es otra miseria sobre la pasada), porque no basta ser de suyo tan breve como es, sino que ese poco que hay de vida no está seguro, sino dudoso. Porque:
¿cuántos llegan a esos setenta u ochenta años que dijimos?
¿A cuántos se corta la tela en comenzándose a tejer? ¿Cuántos se van en flor, como dicen, o en agraz?
No sabéis, dice el Salvador (Mc.13,35) cuándo vendrá vuestro Señor, si a la mañana, si al medio día, si a la media noche, si al canto del gallo.

Aprovecha para serte mejor, acordarte de la muerte de muchas personas que habrás conocido -en este mundo, especialmente de tus amigos y familiares, y de algunas personas ilustres y señaladas, a las cuales salteó la muerte en diversas edades, y dejó burlados e inconclusos todos sus propósitos y esperanzas.
Pero tú aún sigues vivo y puedes remediar todo el mal has hecho y el bien que no has practicado.

3 - Lo tercero, piensa cuán frágil y quebradiza sea esta vida, y hallarás que no hay vaso de vidrio tan delicado como ella es, pues un aire, un sol, un jarro de agua fría, un vaho de un enfermo, basta para despojarnos de ella, como parece por las experiencias cotidianas de muchas personas, a las cuales en lo más florido de su edad basta para derribar cualquier ocasión de las sobredichas.

4 - Lo cuarto, considera cuán mudable es y cómo nunca permanece en un mismo ser. Para lo cual debes considerar cuánta sea la mudanza de nuestros cuerpos, los cuales nunca permanecen en una misma salud y disposición, y cuánto mayor la de los ánimos, que siempre andan como la mar alterados con diversos vientos y olas de pasiones y apetitos y cuidados que a cada hora nos perturban y, finalmente, cuántas sean las mudanzas que dicen de la fortuna, que nunca consiente mucho permanecer, ni en un mismo estado, ni en una misma prosperidad y alegría las cosas de la vida humana, sino siempre rueda de un lugar a otro.

Y, sobre todo esto, considera cuán continuo sea el movimiento de nuestra vida, pues día y noche nunca para, sino siempre va perdiendo de su derecho. Según esto, ¿qué es nuestra vida sino una candela, que siempre se está gastando, y mientras más arde y resplandece, más se gasta? (Iob.14,2): ¿ Qué es nuestra vida, sino una flor que abre a la mañana y al medio día se marchita, y a la tarde se seca?

Pues por razón de esta continua mudanza, dice Dios por Isaías (Is.40,6): Toda carne es heno, y toda la gloria de ella es como la flor del campo. Sobre las cuales palabras dice San Jerónimo: Verdaderamente, quien considerare la fragilidad de nuestra carne, y cómo en todos los puntos y momentos de tiempo crecemos y decrecemos, sin jamás permanecer en un mismo estado, y cómo esto que ahora estamos hablando, trazando y escudriñando, se está quitando de nuestra vida, no dudará llamar a nuestra carne heno, y toda su gloria como la flor del campo.
El que ahora es niño de teta, súbitamente se hace muchacho, y el muchacho, mozo, y el mozo muy pronto llega a la vejez, y primero se halla viejo que se maraville de ver cómo ya no es mozo. Y la mujer hermosa, que llevaba tras sí las manadas de los mozuelos locos, muy presto descubre la frente arada con arrugas, y la que antes era amable, de ahí a poco viene a ser aborrecible.

5 - Lo quinto, considera cuán engañosa sea (que por ventura es lo' peor que tiene, pues a tantos engaña, y tantos y tan ciegos amadores lleva tras sí), pues siendo fea nos parece hermosa, siendo amarga nos parece dulce, siendo breve, a cada uno la suya, le parece larga, y siendo tan miserable, parece tan amable, que no hay peligro ni trabajo a que no se pongan los hombres por ella, aunque sea con detrimento de la vida perdurable, haciendo cosas por donde vengan a perder la vida perdurable.

6 - Lo sexto, considera cómo además de ser tan breve, etc. (según está dicho), eso poco que hay de vida está sujeto a tantas miserias, así del alma como del cuerpo, que todo ello no es otra cosa sino un valle de lágrimas y un piélago de infinitas miserias. Escribe San Jerónimo que Jerjes, aquel poderosísimo rey que derribaba los montes y allanaba los mares, como se subiese a un monte alto a ver desde allí un ejército que tenía juntado de infinitas gentes, después que lo hubo bien mirado, dice que se puso a llorar.

Y preguntado por qué lloraba, respondió: Lloro porque de aquí a cien años no estará vivo ninguno de cuantos allí veo presentes. ¡Oh si pudiésemos (dice San Jerónimo) subirnos a alguna atalaya, que dende allá pudiésemos ver toda la tierra debajo de nuestros pies! Dende ahí verías las caídas y miserias de todo el mundo, y gentes destruidas por gentes, y reinos por reinos. Verías cómo a unos atormentan, a otros matan; unos se ahogan en la mar, otros son llevados cautivos.

Aquí verás bodas, allí llanto; aquí matar unos, allí morir otros; unos abundar en riquezas, otros mendigar. Y finalmente verías no solamente el ejército de jerjes, sino a todos los hombres del mundo que ahora son, los cuales de aquí a pocos días acabarán. Discurre por todas las enfermedades y trabajos de los cuerpos humanos y por todas las aflicciones y cuidados de los espíritus, y por los peligros que hay, así en todos los estados como en todas las edades de los hombres, y verás aún más claro cuántas sean las miserias de esta vida, pues que viendo tan claramente cuán poco es todo lo que el mundo puede dar, más fácilmente menosprecies tanto lo que hay en él.

A todas estas miserias sucede la última, que es morir, la cual, así para lo del cuerpo como para lo del alma, es la última de todas las cosas terribles; pues el cuerpo será en un punto despojado de todas las cosas, y del alma se ha de determinar entonces lo que para siempre ha de ser.
Todo esto te dará a entender cuán breve y miserable sea la gloria del mundo (pues tal es la vida de los mundanos sobre que se funda) y, por consiguiente, cuán digna sea ella de ser hollada y menospreciada.

CAPÍTULO II.3. EL MIÉRCOLES: EL DÍA DE TU MUERTE.

Este día pensarás en que algún día has de morir, en tu muerte, que es una de las más provechosas consideraciones que hay, así para alcanzar la verdadera sabiduría como para huir del pecado, como también para comenzar con tiempo a aparejarse para la hora tener que rendir cuenta de tu vida.

1 - Piensa, pues, primeramente, cuán incierta es aquella hora en que te ha de saltear la muerte, porque no sabes en qué día, ni en qué lugar, ni en qué estado te tomará. Solamente sabes que has de morir, todo lo demás está incierto; sino que ordinariamente suele sobrevenir esta hora al tiempo que el hombre está más descuidado y olvidado de ella.

2 - Lo segundo piensa en el apartamiento que allí habrá, no sólo entre todas las cosas que se aman en esta vida, sino también entre el alma y el cuerpo, compañía tan antigua y tan amada. Si se tiene por grande mal el destierro del lugar donde uno nació y de los aires en que el hombre se crió, pudiendo el desterrado llevar consigo todo lo que ama, ¿cuánto mayor será el destierro universal de todas las cosas de la casa, y de la hacienda, y de los hijos, y de esta luz y aire común, y, finalmente, de todas las cosas?

Si un buey da bramidos cuando lo apartan de otro buey con quien araba, qué bramido será el de tu corazón cuando te aparten de todos aquellos con cuya compañía trajiste a cuestas el yugo de las cargas de esta vida?
Considera también la pena que el hombre allí recibe cuando se le representa en lo que han de parar el cuerpo y el alma después de la muerte, porque del cuerpo ya sabe que no le puede caber otra suerte mejor que un hoyo de un metro y medio de profundidad en compañía de los otros muertos; mas del alma no sabe cierto lo que pasará, ni qué suerte le ha de caber. Ésta es una de las mayores sufrimientos que allí se padecen: saber que hay gloria y sufrimiento para siempre, y estar tan cerca de lo uno y de lo otro, y no saber cuál de estas dos suertes tan desiguales nos ha de caber, todo dependerá de cuán bien hemos empleado nuestro corto y precioso tiempo aquí en la tierra.

Tras éstos sufrimientos se sigue otra no menor, que es la cuenta que allí se tiene de dar, la cual es tal que hace temblar aún a los santos más esforzados. De Arsenio se escribe que estando ya para morir empezó a temer y temblar. Y como sus discípulos le dijesen: Padre, y tú ahora temes. Respondió: Hijos, no es nuevo en mí este temor, porque siempre viví con él. Allí, pues, se le representan al hombre todos los pecados de la vida pasada como un escuadrón de enemigos que vienen a dar sobre él, y los más grandes y en qué mayor deleite recibió, ésos se representan más vivamente y son causa de mayor temor.

¡Oh, cuán amarga es allí la memoria del deleite pasado, que en otro tiempo parecía más dulce! Por cierto, con mucha razón, dijo el Sabio (Prov.23,31-32): No mires al vino cuando está rubio y cuando resplandece en el vidrio su color, porque aunque el tiempo del beber parece blando, mas a la postre muerde como culebra y derrama su- ponzoña como basilisco.
Éstas son las heces de aquel brebaje ponzoñoso del enemigo; éste es el dejo que tiene aquel cáliz de Babilonia por de fuera dorado. Pues entonces el hombre miserable, viéndose cercado de tantos acusadores, comienza a temer la tela de este juicio y a decir entre sí: Miserable de mí, que tan engañado he venido y por tales caminos he andado,
¿qué será de mi obra en este juicio? Si San Pablo dice (Gal.6,8) que lo que el hombre hubiere sembrado, eso recogerá, yo que ninguna otra cosa he sembrado, sino obras de la carne, ¿qué espero recoger de aquí sino corrupción?

Si San Juan dices (Apoc.21,27) que en aquella soberana ciudad, que es todo oro limpio, no ha de entrar cosa sucia, ¿qué espera aquel quien tan sucia y tan torpemente ha vivido?

Después de esto suceden los sacramentos de la Confesión y Comunión y de la Extremaunción (los Santos Oléos) que es el último socorro con que la Iglesia nos puede ayudar en aquel momento, y así en éste como en los otros debes considerar las ansias y sufrimientos que allí el hombre padecerá por haber vivido mal, y cuánto quisiera haber llevado otro camino, y qué vida austera haría entonces si le diesen un poco más de tiempo en este mundo para eso, y cómo entonces se esforzará en llamar a Dios, y en cuanto a los dolores y a los sufrimientos de la enfermedad apenas le importaría.
Mira también aquellos postreros accidentes de la enfermedad, que son como mensajeros de la muerte, cuán espantosos son y cuán para temer. Levántase el pecho, enronquécese la voz, muérense los pies, hiélanse las rodillas, afílanse las narices, húndense los ojos, párase el rostro difunto, y luego la lengua no acierta a hacer su oficio; finalmente, con la gran prisa del alma que se parte, turbados todos los sentidos pierden su valor y su virtud.

Mas, sobre todo, el alma es la que allí más sufre, porque allí está batallando y agonizando, en parte por la salida de este mundo y en parte por el temor del rendir cuenta que se le avecina; porque ella, naturalmente, rehúsa la salida de este mundo y ama la permanecer aquí en la tierra, y tiene miedio del rendir cuenta de los actos vividos.

Salida ya el alma del cuerpo, aún quedan dos caminos por andar, el uno acompañando el cuerpo hasta la sepultura, y el otro siguiendo el alma hasta la determinación de su causa eterna, considerando lo que a cada una de estas partes acaecerá.
Mira, pues, cómo queda el cuerpo después que su alma lo abandona, y todos los honores que vendrán hasta enterrarlo, y cuán rápido procuran llevarlo al cementerio. Considera su entierro con todo lo que le sigue; el doblar de las campanas por el difunto, el preguntar todos por el muerto, los oficios y cantos dolorosos de la Iglesia, el acompañamiento y sentimiento de los amigos, y, finalmente, todas las particularidades que allí suelen acaecer hasta dejar el cuerpo en la sepultura, donde quedará sepultado en aquella tierra de perpetuo olvido.

Dejado el cuerpo en la sepultura, ponte luego por un momento en el lugar del alma y mira el camino que llevará dicha alma por aquella nueva situación, y a lo que finalmente se enfrentará, cómo será juzgada. Imagina que estás ya presente en este juicio, y que toda la corte del cielo está aguardando el fin de esta sentencia, donde se hará el cargo y el descargo de "todo" lo recibido en este mundo hasta, hasta el último instante de tu vida, ésto comprendo lo bueno y malo, la balanza se equilibrará hacia un lado.

Allí se pedirá cuenta de la vida recibida y cómo la empleaste, de tus bienes y cómo los obtuviste, de la familia y cómo los atendiste, de las inspiraciones que tuviste de Dios y cómo las aprevechaste, de los apegos que tuviste para vivir cómodamente, y sobre todo si aprovechaste de la sangre Preciosa de Cristo en la comunión, Sangre la cual limpia y redime al alma de los pecados, y allí será cada uno juzgado según la cuenta que diere de lo recibido.

CAPÍTULO II.4. EL JUEVES: EL JUICIO FINAL.

1 - Este día pensarás en el juicio final, para que con esta consideración se despierten en tu alma aquellos dos tan principales afectos que debe tener todo fin cristiano, conviene a saber: Temor de Dios y aborrecimiento del pecado.
Piensa, pues, primeramente, cuán terrible será aquel día en el cual se averiguarán las causas y los pecados de todos los hombres desde Adán, y se concluirán, los procesos de nuestras vidas, y se dará sentencia definitiva de lo que para siempre ha de ser.
Aquel día se hará presente en sí los días de todos los siglos, pasados y los venideros, porque en ése día dará el mundo con sus gobernantes cuenta de todos éstos tiempos y Dios derramará la ira y saña que tiene recogida en todos los siglos. Pues que tan arrebatado saldrá entonces aquel tan caudaloso río de la indignación divina, teniendo tantas acogidas de ira y saña, cuántos pecados se han hecho desde el principio del mundo.

2 - Lo segundo, considera las señales espantosas que precederán a este día, porque, como dice Jesucristo (Lc.21,11-55), antes que venga este día habrá señales en el sol y en la luna y en las estrellas, y, finalmente, en todas las criaturas del cielo y de la tierra. Porque todas ellas sentirán su fin antes que fenezcan, y se estremecerán y comenzarán a caer primero que caigan.
Mas los hombres, dice, andarán secos y ahilados de muerte, oyendo los bramidos espantosos de la mar, y viendo las grandes olas y tormentas que levantará, barruntando por aquello las grandes calamidades y miserias que amenazan al mundo con tan temerosas señales. Y así andarán atónitos y espantados, las caras amarillas y desfiguradas, antes de la muerte muertos y antes del juicio sentenciados, midiendo los peligros con' sus propios temores, y tan ocupados cada uno con el suyo, que no se acordará del ajeno, aunque sea padre o hijo. Nadie habrá para nadie, porque nadie bastará para sí solo.

3 - Lo tercero, considera aquel diluvio universal de fuego que vendrá delante del juez, y aquel sonido temeroso de la trompeta que tocará el Arcángel para convocar todas las generaciones del mundo a que se junten en su lugar y se hallen presentes en juicio; y, sobre todo, la majestad espantable con que ha de venir el juez.

Después de esto considera cuán estrecha será la cuenta que allí a cada uno se pedirá. Verdaderamente, dice Job (Job.3,3) no podrá ser el hombre justificado si se compara con Dios. Y si se quiere poner con Él en juicio, de mil cargos que le haga no le podrá responder a solo uno.
Pues ¿qué sentirá entonces cada uno de los malos, cuando entre Dios con él en este examen, y allá dentro de su conciencia diga así?: Ven acá, hombre malo, ¿qué viste en mí, porque así me despreciaste y te pasaste al bando de mi enemigo?

4 - Yo te crié a mi imagen y semejanza. Yo te di la lumbre de la fe, y te hice cristiano, y te redimí con mi propia sangre. Por ti ayuné, caminé, velé, trabajé y sudé gotas de sangre. Por ti sufrí persecuciones, azotes, blasfemias, escarnios, bofetadas, deshonras, tormentos y cruz.
Testigos son esta cruz y clavos que aquí parecen; testigos estas llagas de pies y manos, que en mi cuerpo quedaron; testigos el cielo y la tierra, delante de quien padecí.

¿Pues qué hiciste de esa alma tuya, que yo con mi sangre hice mía; en cuyo servicio empleaste lo que yo compré tan caramente? ¡Oh, generación loca, adúltera! ¿por qué quisiste más servir a ese enemigo tuyo con trabajo, que a mí, tu Redentor y Creador, con alegría?

Llaméoste tantas veces, y no me respondistéis; toqué a vuestras puertas, y no despertastéis; extendí mis manos en la cruz, y no lo mirastéis; menospreciastéis mis consejos y todas mis promesas y amenazas; pues decid ahora vosotros, ángeles; juzgad vosotros, jueces, entre mí, y mi viña, ¿qué más debí yo hacer por ella de lo que hice? (Is.5).

¿Pues qué responderán aquí los malos, los se burlan, ríen y desprecian de las cosas divinas, los mofadores de la virtud, los menospreciadores de la simplicidad, los que tuvieron más cuenta con las leyes del mundo que con la de Dios, los que a todas sus voces estuvieron sordos, a todas sus inspiraciones insensibles, a todos sus mandamientos rebeldes y a todos sus azotes y beneficios, ingratos y duros?

¿Qué responderán los que vivieron como si creyeran que no había Dios, y los que con ninguna ley tuvieron cuenta, sino con sólo su interés? Qué haréis los tales, dice Isaías (Is.10,3) en el día de la visitación y calamidad que os vendrá de lejos? ¿A quién pediréis socorro, y en qué os aprovechará la abundancia de vuestras riquezas terrenales?

5 - Lo quinto, considera, después de todo esto, la terrible sentencia que el juez fulminará contra los malos, y aquella temerosa palabra que hará reteñir las orejas de quien le oyere: Sus labios, dice Isaías (Is.30,27) están llenos de indignación, y su lengua es como fuego que traga.

¿Qué fuego abrasará tanto como aquellas palabras (Mt.25,45): "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que está preparado para Satanás y para sus ángeles?
En cada una de las cuales palabras tenemos mucho qué sentir y qué pensar, en el estar apartado eternamente de Dios, en la maldición de los condenados, en el fuego eterno que jamás se apaga, en la compañía eterna de Satanás y sus demonios y, por sobre todo, en la eternidad del castigo y sufrimiento eterno del alma que jamás terminará.

CAPÍTULO II.5. EL VIERNES: LAS PENAS DEL INFIERNO.

Este día meditarás en las penas del infierno, para que con esta meditación también se confirme más tu alma en el temor de Dios y aborrecimiento del pecado.

Estas penas, dice San Buenaventura (1221 - 1274) se deben imaginar debajo de algunas figuras y semejanzas corporales que los santos nos enseñaron. Por lo cual será cosa conveniente imaginar el lugar del infierno (según él mismo dice) como un lago obscuro y tenebroso, puesto debajo de la tierra, o como un pozo profundísimo lleno de fuego, o como una ciudad espantable y tenebrosa, que toda arde en vivas llamas, en la cual no suena otra cosa sino voces y gemidos de atormentadores y atormentados, con perpetuo llanto y crujir de dientes.

Pues en este malaventurado lugar se padecen dos penas principales: la una que llaman de sentido y la otra de daño. Y cuanto a la primera, piensa cómo no habrá allí sentido alguno dentro ni fuera de alma que no esté penando con su propio tormento, porque así como los malos ofendieron a Dios con todos sus miembros y sentidos y de todos hicieron armas para servir al pecado, así ordenará el que cada uno de ellos sufra con su propio tormento y pague su merecido.
- Allí los ojos adúlteros y deshonestos padecerán con la visión horrible de los demonios.
- Allí las orejas que se dieron a oír mentiras y palabras deshonestas, oirán perpetuas blasfemias y gemidos.
- Allí las narices amadoras de perfumes costosísimos y olores sensuales, serán llenas de intolerable hedor.
- Allí el gusto que se regalaba con diversos manjares y opulentos, será atormentado con rabiosa hambre y sed.
- Allí la lengua murmuradora y blasfema será amargada con hiel de dragones.
- Allí el tacto amador de regalos y blanduras, andará nadando en aquellas heladas, dice el profeta Job, del río Cocyto (Job.21,33), y entre los ardores y llamas del fuego.
- Allí la imaginación padecerá con la aprensión de los dolores presentes; la memoria, con la recordación de los placeres pasados;
el entendimiento, con la representación de los males venideros, y la voluntad, con grandísimas iras, rabias y palabras blasfemas que los malos tendrán contra Dios.

Finalmente, allí se hallarán en uno todos los males y tormentos que se pueden pensar, porque, como dice San Gregorio, allí habrá frío que no se pueda sufrir, fuego que no se pueda apagar, gusano inmortal, olor terrible e intolerable, tinieblas palpables, azotes de atormentadores, visión de demonios, confusión de pecados y desesperación de todos los bienes.

Pues dime ahora: si el menor de todos estos males que hay aquí en la tierra se padeciese por muy pequeño lapso de tiempo, sería tan difícil de sobrellevar, ¿qué será padecer allí en un mismo tiempo toda esta muchedumbre de males en todos los miembros y sentidos interiores y exteriores, y esto no por espacio de una noche sola, ni de mil, sino de una eternidad infinita?
¿Qué sentidos? ¿Qué palabras? ¿Qué juicio hay en el mundo que pueda sentir ni encarecer esto como es?

Pues no es ésta la mayor de las penas que allí se pasan: otra hay sin comparación mayor, que es la que llaman los teólogos "pena de daño", la cual es carecer para siempre de la visión de Dios y de su gloriosa compañía, porque tanto es mayor una pena, cuanto priva al hombre de mayor bien, y pues Dios es el mayor bien de todos los bienes, así carecer de Dios será el mayor mal de todos los males; cuánta verdad hay en ésta peña de daño.

Éstas son las penas que generalmente competen a todos los condenados. Más estas penas son generales son para todos iguales, hay otras particulares que allí padecerá cada uno conforme a la calidad de su pecado. Porque una será allí la pena del soberbio, y otra la del envidioso, y otra la del avariento, y otra la del lujurioso, y así los demás.

- Allí se tasará el dolor conforme al placer recibido, y la confusión conforme a la presunción y soberbia, y la desnudez conforme a la demasía y abundancia, y el hambre y sed conforme a la saciedad y la hartura consumida.

A todas estas penas sucede la eternidad del padecer, que es como el sello y la llave de todas ellas, porque todo esto aún sería tolerable si fuese finito, si sólo durara un tiempo, porque ninguna cosa es grande si tiene fin. Mas éstas penas no tienen fin, ni alivio, ni declinación, ni disminución, ni hay esperanza que se acabará jamás, ni la pena, ni el que la da, ni el que la padece, sino que es como un destierro preciso y como un sambenito (capa o escapulario, que la Santa Inquisición imponía a los condenados para que llevaran su falta visible), irremisible que nunca jamás se quita; esto es cosa para sacar de juicio a todo aquel que atentamente lo piense.

Ésta es, pues, la mayor de las penas que en aquel malaventurado lugar se padecen; porque si estas penas hubieran de durar por algún tiempo limitado, aunque fuera mil años, o cien mil años, o, como dice un Doctor de la Iglesia;

si los condenados tuviesen la menor esperanza que se han de acabar todos estos tormentos, cuando se vacíe todo el agua del mar y del océano, sacando cada mil años "una" sola gota de mar, aun esta leve esperanza, por más tiempo que tarde en hacerse realidad, sería algún consuelo para ellos.

Mas esto no es así, sino que sus penas compiten con la eternidad de Dios, y la duración de su miseria con la duración de su divina gloria; en cuanto Dios viviere, ellos morirán, y cuando Dios dejare de ser el que Es, dejarán de ser ellos lo que son; pues en esta duración, en esta eternidad querría yo, hermano mío, que hincases los ojos de la consideración, y que (como animal limpio) rumiases ahora este paso dentro de ti, pues clama en su Evangelio aquella eterna verdad, diciendo: El cielo y la tierra pasarán; pero mis palabras no pasarán (Mt.24,24-25).

CAPÍTULO II.6. EL DÍA SÁBADO: LA GLORIA DE LOS BIENAVENTURADOS

Este día pensarás en la gloria de los bienaventurados de habitan el cielo, para que por aquí se mueva tu corazón al menosprecio de los placeres del mundo y deseo de la compañía de ellos. Pues para entender algo de este bien que es el cielo, puedes considerar estas cinco cosas, entre otras, conviene a saber:

1 - la excelencia del lugar,
2 - el gozo de la compañía,
3 - la visión Beatífica de Dios,
4 - la gloria de los cuerpos,
y finalmente,
5 - el cumplimiento de todos los bienes que allí hay.

1 - Primeramente, considera la excelencia del lugar, y señaladamente la grandeza del que es admirable, porque cuando el hombre lee en algunos graves autores que cualquiera de las estrellas del cielo es mayor que toda la tierra, y aunque hay algunas de ellas de tan notable grandeza, que son noventa veces mayores que toda ella; y con esto alza los ojos al cielo, y ve en él tanta muchedumbre de estrellas y tantos espacios vacíos, donde podrían caber otras tantas muchas más, cómo no se espanta?

¿Cómo no queda atónito y fuera de sí considerando la inmensidad de aquel lugar, y mucho más la de aquel soberano Señor que lo creó?

Pues la hermosura de él no se puede explicar con palabras ni la imaginación humana puede entenderla, porque si en este valle de lágrimas que es la tierra, lugar de destierro y sufrimiento, aun así, creó Dios cosas tan admirables y de tanta hermosura que el ser humano queda maravillado cuando lo contempla;
¿qué habrá creado en aquel lugar que es aposento de su gloria, trono de su grandeza, palacio de Su Majestad, casa de sus escogidos y paraíso de todos los deleites?

2 - Después de la excelencia del lugar considera la nobleza y la calidad de los moradores que allí habitan, cuyo número, cuya santidad, cuyas riquezas y hermosura excede todo lo que se puede pensar e imaginar.
San Juan dice (Apc.5,7) que es tan grande la muchedumbre de los escogidos, que nadie imagima para poder contarlos.
San Dionisio dice que es tan grande el número de los ángeles que habitan el cielo, que excede sin comparación al de todas cuantas cosas materiales hay en la tierra.
Santo Tomás, conformándose con este parecer, dice: Que así como la grandeza de los cielos excede a la tierra sin proporción, así la muchedumbre de aquellos espíritus gloriosos excede a la de todas las cosas materiales que hay en este mundo con esta misma ventaja.

Pues ¿qué cosa puede ser más admirable?
Por cierto, cosa es ésta que, si bien se considerase, bastaba para dejar atónitos a todos los hombres. Y si cada uno de aquellos bienaventurados espíritus (aunque sea el menor de ellos) es más hermoso de ver que todo este mundo visible, ¿qué será ver tanto número de espíritus tan hermosos y ver las perfecciones y oficios de cada uno de ellos?

Allí discurren los ángeles, ministran los arcángeles, triunfan los principados y alégranse las potestades, enseñorean las dominaciones, resplandecen las virtudes, relampaguean los tronos, lucen los querubines y arden los serafines, y todos cantan alabanzas a Dios. Pues si la compañía y comunicación de los buenos es tan dulce y amigable,
¿qué será tratar allí con tantos seres buenos, hablar con los apóstoles, conversar con los profetas, comunicar con los mártires, tener la companía de la Virgen María y con todos los que han elegido a Dios?

Y si tan grande gloria es gozar de la compañía de los buenos, ¿qué será gozar de la compañía y presencia de Aquel a quien alaban las estrellas de la mañana, de cuya hermosura el sol y la luna se maravillan, ante cuyo merecimiento se arrodillan los ángeles y todos aquellos espíritus soberanos?

¿Qué será ver aquel bien universal en quien están todos los bienes, y aquel mundo mayor en quien están todos los mundos, y Aquel que siendo Uno es todas las cosas, y siendo simplicísimo, abraza las perfecciones de todas?

Si tan grande cosa fue oír y ver al rey Salomón, que decía la reina de Saba: Bienaventurados los que asisten delante de ti y gozan de tu sabiduría, ¿qué será ver aquel sumo Salomón, aquella eterna sabiduría, aquella infinita grandeza, aquella inestimable hermosura, aquella inmensa bondad, y gozar de ella para siempre?

Ésta es la gloria esencial de los santos (todos los habitantes de cielo), éste el último fin y puerto de todos nuestros deseos.

4 - Considera, después de esto, la gloria de los cuerpos, los cuales gozarán de aquellos cuatro singulares dotes, que son: sutileza,
- ligereza,
- impasibilidad,
- y claridad,
la cual será tan grande, que cada uno de ellos resplandecerá como el sol en el reino de su Padre.

Pues si acá en la tierra hay solamente un sol, que está en medio del cielo, y basta para dar luz y alegría a todo éste mundo,
¿qué harán tantos soles y lámparas como allí resplandecerán?
Pues ¿qué diré de todos los otros bienes que allí hay y que todos disfrutarán?

- Allí habrá salud sin enfermedad,
- libertad sin servidumbre,
- hermosura sin fealdad,
- inmortalidad sin muerte,
- abundancia sin necesidad,
- sosiego sin turbación,
- seguridad sin temor,
- conocimiento sin error,
- hartazgo sin hastío,
- alegría sin tristeza,
- honra sin contradicción,
- todas nuestras necesidades estarán harto satisfechas.

Dice San Agustín:
- Allí será verdadera la gloria, donde ninguno será alabado por error ni por lisonja.
- Allí será verdadera la honra, la cual ni se negará al digno, ni se concederá al indigno.
- Allí será verdadera la paz, donde todos vivirán en total unión sin ser nadie molestado.
- Allí el lugar es muy grande, hermoso, resplandeciente y seguro, la compañía muy buena y agradable, el tiempo es siempre igual: no hay distinción entre la mañana, el mediodía, la tarde y la noche, sino continuado con una simple eternidad.
- Allí habrá perpetuo verano, alegre y lleno de sol sin quemar ni molestar, que con el frescor y aire del Espíritu Santo siempre florece y alegra.
- Allí todos se alegran, ríen y desbordan de felicidad; todos cantan y alaban a Dios sumo dador de todo lo que existe, por cuya Bondad viven y reinan para siempre y para siempre.

Los premios de la virtudes serán los mismos que dio la virtudes y se prometió a quienes la ganaran, el cual se gozará sin fin, se amará sin hastío, y se alabará sin cansancio.

¡Oh Ciudad Celestial, morada segura, tierra donde se halla todo lo que deleita!
¡Pueblo sin murmuración, vecinos quietos y hombres sin ninguna necesidad!
¡Oh si se acabase ya la pelea de este mundo! ¡Oh si concluyesen los días de mi sufrimiento espiritual!,
¿Cuándo llegará ese día y podré ver a mi Señor? ¿Cuándo me pondré ante la cara de mi Dios?

CAPÍTULO II.7. EL DOMINGO, LOS BENEFICIOS DIVINOS

Este día pensarás en los beneficios divinos, para dar gracias al Señor por ellos y encenderte más en el amor de quien tanto bien te hizo. Y aunque estos beneficios sean innumerables, más puedes tú, a lo menos, considerar estos cinco más principales, conviene a saber:

1 - de la Creación,
2 - Conservación,
3 - Redención,
4 - Vocación,
5 - con los otros beneficios particulares y ocultos.

1 - Y primeramente, cuando al beneficio de la creación, considera con mucha atención lo que eras antes que fueses creado, y lo que Dios hizo contigo, y te dio, ante todo merecimiento, conviene a saber: ese cuerpo con todos sus miembros y sentidos, y esa tan excelente alma, con aquellas tres tan notables poderes que Dios te dio y que son:
- entendimiento,
- memoria,
- y voluntad.

Y mira bien que darte esta tal alma fue darte todas las cosas, pues ninguna perfección hay en otra criatura que el hombre no la tenga en su manera, por donde parece que darnos esta pieza sola fue darnos de una vez todas las cosas juntas.

2 - Cuando al beneficio de la conservación, mira cuán colgado está todo tu ser de la Providencia divina; cómo no vivirías un punto, ni darías un paso, si no fuese por Él; cómo todas las cosas del mundo creó para tu servicio: el mar, la tierra, las aves, los peces, los animales, las plantas, hasta los mismos ángeles del cielo.
Considera con esto la salud que te da, las fuerzas, la vida, el mantenimiento, con todos los otros socorros temporales. Y, sobre todo esto, considera mucho las miserias y desastres en que cada día ves caer a otros hombres, en los cuales pudieras tú también haber caído si Dios, por su piedad, no te hubiera preservado.

3 - Cuanto al beneficio de la redención, puedes considerar dos cosas: la primera, cuántos y cuán grandes hayan sido los bienes que nos dio mediante el beneficio de la redención;
y la segunda, cuántos y cuán grandes hayan sido los males que padeció en su cuerpo y alma santísima, para ganarnos estos bienes; y para sentir más lo que debes a este Señor por lo que por ti padeció, puedes considerar estas cuatro principales circunstancias en el misterio de su Sagrada Pasión, conviene a saber:

- quién padece,
- qué es lo que padece,
- por quién padece,
- y por qué causa lo padece.

¿Quién padece? Jesús-Dios.

¿Qué padece? Los mayores tormentos, deshonras, humillaciones, desprecios, mentiras, infamias, calumnias, y toda clase sufrimiento corporal y espiritual que jamás se padecieron en un ser humano.

¿Por quién padece? Por criaturas infernales y abominables, y semejantes a los mismos demonios en sus obras.

¿Por qué causa padece? No por su provecho ni por nuestro merecimiento, sino por las entrañas de su infinita caridad y misericordia, para nuestra salvación eterna, para darnos la felicidad que por su bondad nos la brinda.
Porque nos ama de manera infinita e incondicional, por eso soporta toda clase de agravios.
Porque es amor puro y el amor todo lo soporta.

4 - Cuanto al beneficio de la vocación, considera primeramente cuán grande merced de Dios fue hacerte cristiano, y llamarte a la fe por medio del bautismo y hacerte también participante de los otros sacramentos. Y si después de este llamamiento, perdida ya la inocencia, te sacó del pecado, y volvió a su gracia, y te puso en estado de salud, ¿cómo te podrás alabar por este beneficio?

¡Qué tan grande misericordia fue aguardarte tanto tiempo y sufrirte tantos pecados, y enviarte tantas inspiraciones, y no cortarte el hilo de la vida como se cortó a otros en ese mismo estado; y, finalmente, llamarte con tan poderosa gracia que resucitases de la muerte a la vida y abrieses los ojos a la luz!

¡Qué misericordia fue, después de ya convertido, darte la gracia para no volver al pecado, y vencer al enemigo infernal y perseverar en lo bueno! Éstos son los beneficios públicos y conocidos.

5 - Otros beneficios hay secretos, que no los conoce sino el que los ha recibido, y aun otros hay tan secretos, que el mismo que los recibió no los conoce, sino sólo aquel que los hizo.

¡Cuántas veces habrás en este mundo merecido por tu soberbia, o negligencia, o desagradecimiento, que Dios te desamparase, como habrá desamparado a otros muchos por alguna de estas causas, y no lo ha hecho!

¡Cuántos males, y ocasiones de males, habrá prevenido el Señor con su providencia deshaciendo las redes del enemigo, y acortándole los pasos, y no dando lugar a sus tratos y consejos!

¡Cuántas veces habrá hecho con cada uno de nosotros aquello que él dijo a San Pedro (Lc.22,31): Mira que Satanás andaba muy negociado para aventaros a todos como a trigo, mas yo he rogado por ti, que no desfallezca tu fe!

Pues, ¿quién podrá saber esos secretos sino Dios?
Los beneficios Positivos, bien los puede a veces conocer el hombre, mas los privativos, que no consisten en hacernos bienes, sino en librarnos de males,
¿quién los conocerá?
Pues así por éstos beneficios conocidos, como por los otros no conocidos, es razón que debemos siempre dar gracias al Señor, y que entendamos cuánto no cuida Dios para que no caigamos en pecado, y cuánto más es lo que le debemos que lo que le podemos pagar, pues aún así no lo podemos entender, cuan grande es su amor por nosotros.

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA

San Pedro de Alcántara, nació en Alcántara, Málaga, sur de España, en el año 1499, fue fraile franciscano Español. De carácter tranquilo, muy humilde y piadoso, solía pasar horas rezando y meditando.
Su nombre real fue Juan de Garavito y Vilela de Sanabria. Muere a la edad de 63 años. Fue beatificado por el papa Gregorio XV en el año 1622 y canonizado por Clemente IX en el año 1669.

Nació en el seno de una familia noble. Estudia leyes en la Universidad de Salamanca, abandona los estudios y toma los hábitos en 1515 en el convento de San Francisco de los Majarretes, cerca de Valencia de Alcántara, donde toma el nombre de Fray Pedro de Alcántara.

Fundó el convento más pequeño del mundo, "El Palancar", cerca de Pedroso de Acim. Fue amigo y consejero de Santa Teresa de Jesús. Llamado por el Rey Carlos V en su retiro de Yuste para ser su confesor, declinó el santo alcantarino dicha proposición. Conocido sobre todo por su penitencia, encandilaba a las masas con su oratoria.
Redujo el "Libro de la oración y Meditación" de Fray Luis de Granada a su versión portátil y popular, el "Tratado de la oración y meditación".

Esta vida de contemplación no era obstáculo para estar en relaciones con muchas personas por vía epistolar e, incluso, para hacer largos viajes, generalmente a pie, especialmente por Extremadura y Portugal. Hay testimonios de una entrevista con el Rey Carlos V en Yuste. Por donde iba dejaba su rastro de santidad, caminaba descalzo, y se contaban los prodigios que ocurrían en torno a su persona como serían pasar el Tiétar sobre las aguas, el no mojarse en plena tormenta o el que la nieve formase una pequeña cavidad a su alrededor en el Puerto del Pico cuando regresaba de un viaje a Ávila.

En 1560 se encuentra con Santa Teresa en casa de Doña Guiomar de Ulloa y trata sobre la fundación del convento de la comarca de Arenas, tras haber concluido antes las del convento de La Viciosa y del Rosario en términos de Oropesa. Pedro de Alcántara tranquiliza y asegura el espíritu de Teresa de Jesús, y entre ambos santos surge una profunda y sincera amistad: en adelante, él es el consejero fiel de la santa y quien la orienta y le da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación del convento de San José de Ávila; y fray Pedro abre su corazón a la Madre Teresa, que será su primer biógrafo, dedicándole tres capítulos de su Autobiografía.

GLORIOSO TRÁNSITO AL CIELO

Ante el agravarse de su enfermedad, el 12 de octubre se hace llevar a la comarca de Arenas, donde quiere recibir la muerte rodeado de sus hermanos. Necesitado de cuidados, Fray Pedro no acepta otra habitación que una diminuta dependencia, de angosto acceso, en el entresuelo.

En el amanecer del 18 de octubre, alegre de verse ya de partida para la gloria, después de pedir perdón a su cuerpo por las asperezas y rigores con que le había tratado todo el tiempo de su vida, comenzó a rezar el salmo «miserere», quedándose absorto en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María.
Vuelto en sí, y diciendo: «¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!», entregaba su espíritu.

La noticia de su muerte se difundió inmediatamente por toda la comarca. Las gentes de Arenas y sus alrededores acudieron en masa a dar su último adiós a aquel de cuya compañía, amistad, favores espirituales y testimonio de vida habían gozado, y al que todos consideraban santo.

Se le entierra en la iglesia del convento llamado entonces de San Andrés del Monte. Con motivo de su beatificación, la villa lo declara patrón en 1622, e hizo voto de tener por día de fiesta perpetuamente el 19 de octubre de cada año.
Signo de su proyección mundial es también la enorme difusión de la imagen de San Pedro de Alcántara en el arte, siendo uno de los santos franciscanos mayormente representados, no sólo en España, Portugal e Italia, sino también en Hispanoamérica y en Extremo Oriente.

CLAVES PARA UNA ORACIÓN EFICAZ

por Richard F. Ames, corregido y modificado.

La Biblia nos da muchos ejemplos de la intervención de Dios en la vida de quienes lo buscan y confían en Él! Veamos un ejemplo del profeta Daniel: "Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de Dios, como lo solía hacer antes" (Daniel 6:10). Daniel fue lanzado en el foso de los leones, pero gracias a su devoción, Dios lo rescató y le preservó la vida (vs. 11-12).

LA BIBLIA TAMBIÉN REVELA EL PODER DE LA ORACIÓN.

Casi todos recordamos que la oración de Jesús levantó a Lázaro de entre los muertos (ver Juan 11).
Y sus discípulos también comprobaron ese poder de la oración. Cuando el apóstol Pedro llegó a Jope, encontró muerta a una discípula a quien lloraban las viudas que tanto la amaban. "Entonces, sacando a todos [aun a las viudas que lloraban], Pedro se puso de rodillas y oró; y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó. Y él, dándole la mano, la levantó; entonces, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva. Esto fue notorio en toda Jope, y muchos creyeron en el Señor" (Hechos 9:40-42).
Sí, ¡el apóstol Pedro levantó a una mujer que había muerto por el poder de Dios através de la oración!

"Pero esos eran hombres que tenían muchísima fe", podríamos pensar. "Y, ¿si no tenemos tanta fe?"
En la Palabra de Dios se encuentra la buena noticia de que podemos tener fe. A lo largo de las páginas de la Biblia, Dios nos enseña muchos principios o "claves" para que la oración sea eficaz. Si ponemos en práctica esas claves, nuestras oraciones podrán ser respondidas.

CLAVE NÚMERO 1: REZAR CON MUCHA FE Y MUCHA CONFIANZA EN DIOS

Mucha gente acostumbra rezar sus oraciones de memoria. Cuando yo era niño, decía una corta oración para dormir; sin embargo, mis padres me ayudaban a orar por los demás en mis propias palabras. Cuando oramos, debemos hablar con Dios con nuestras propias palabras; y ser muy sinceros con Dios.

Recordemos que debemos dirigirnos a Dios con mucha confianza. Recordemos que Jesucristo es Dios, igual al Padre Celestial. Es necesario entonces que comprobemos la existencia de Jesús-Dios. Dios Padre es el Creador. Dios Padre es el Legislador; tanto de las leyes naturales como son las descubiertas por científicos, como la de los profetas que revela las leyes espirituales que nos enseña la biblia.

El ganador del premio Nobel, Albert Einstein, percibía los designios y la maravillosa inteligencia del Creador. En este sentido escribió: "La religión [de los científicos] toma la forma de un éxtasis o asombro ante la armonía de las leyes naturales que revelan una inteligencia de una superioridad tal, que comparada con ella, todo acto o pensamiento sistemático de los seres humanos no es más que un reflejo insignificante". Con este pensamiento Einstein revela cuán inmenso y grandioso es Dios en su creación.

Dios nos ha dado una extraordinaria prueba de su existencia y de sus designios. Aun así; hay gente vana, egoísta, arrogante e ignorante que afirma que no hay Dios. ¿Sabe usted cómo llama Dios a los ateos?: "Dice el necio en su corazón: No hay Dios" (Salmos 14:1). Los "intelectuales" que tratan de ridiculizar la fe y la creencia en Dios y la consideran como estupidez humana, en realidad se están manifestando ellos como ignorantes.

Dios siempre está dispuesto a responder a todo aquel que sinceramente lo busca, incluso en las situaciones de mayor desesperación. Cuando Nabucodonosor llevó cautivo al pueblo judío a Babilonia, Jeremías afirmó que todavía tenían esperanza: "Porque así dijo el Eterno: Cuando en Babilonia se cumplan setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Eterno, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.

Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice el Eterno Dios" (Jeremías 29:10-14).

Este mismo principio se aplica a nosotros de hoy día. ¡Podemos tener una conversación con el Creador del Universo! Dice que podemos hallarlo si lo buscamos de todo corazón, con mucha fe y mucha confianza.
Podemos orar o hablar con Dios y entonces nos dice: "Yo os oiré" ¡Esto es sencillamente maravilloso!.
Sólo hay practicarlo y ver lo eficaz que es, y cómo transformará nuestras vidas!.

CLAVE NÚMERO 2: ESTUDIAR O LEER LA BIBLIA

Una de las formas de aumentar la fe es leer los relatos de las personas a quienes Dios ayudó y libró de grandes peligros y de pruebas. Leer sobre la liberación de los antiguos israelitas cuando pasaron el mar Rojo, sobre la liberación de Daniel del foso de los leones o de la salvación de Sadrac, Mesac y Abed-nego del horno de donde ordenó Nabucodonosor que los echaran.
Leer sobre los milagros que realizó Jesús: sanar enfermos, ciegos, sordos y lisiados. Cómo expulsaba demonios en personas atormentadas y los liberaba con una simple oración: "sal de este hombre y no vuelvas más".
El apóstol Pablo escribió "que la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios" (Romanos 10:17).
La Biblia es la Palabra de Dios, de manera que hay que leerla todos los días.
¡Entender lo que Dios hizo en el pasado y lo que nos promete en la actualidad!

Dios nos promete lo que el dinero no puede comprar. En una de mis escrituras favoritas Dios nos da una maravillosa perspectiva de lo que puede hacer: "A Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a Él sea gloria en la Iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén" (Efesios 3:20-21).

- ¿Qué clase de problemas estamos afrontando?
- ¿Quebrantos de salud?
- ¿Problemas económicos?
- ¿Problemas familiares?
- ¿Fracasos en el estudio?
- ¿Trastornos mentales?

¡Jesucristo puede resolver todo tipo de problema que se nos presente!

Por supuesto que tenemos que hacer nuestra parte porque Dios no nos va a resolver los problemas si nos oponemos a su ayuda; por el contrario, nos debe servir de consuelo el saber que Dios puede efectuar milagros a favor nuestro "más abundantemente de lo que pedimos o entendemos". En el estudio de la Biblia encontraremos ejemplos de oraciones respondidas; esto nos estimulará en gran manera porque comprenderemos que, como Dios lo ha prometido, nuestras oraciones serán respondidas.
Media hora de lectura bíblica todos los días o al menos dos o tres veces por semana, nos ayudará muchísimo en vida espiritual y a encontrar solución a todos nuestros problemas de la vida diaria. Prueba y verás.

CLAVE NÚMERO 3: ARREPIÉNTASE SINCERAMENTE DE SUS PECADOS.

Todos debemos asumir responsabilidad por nuestros actos. Sin embargo, la naturaleza humana se niega a reconocer los errores, defectos y pecados. Si queremos que Dios responda a nuestras oraciones, no podemos seguir en el pecado como un camino de vida. El profeta Isaías escribió por inspiración divina: "He aquí que no se ha acortado la mano del Eterno para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír" (Isaías 59:1-2).

Dios no va a responder a las oraciones de quienes viven en pecado y se niegan a cambiar. Pero si nos presentamos delante de Dios con humildad y avergonzados de nuestra naturaleza pecadora, le mostramos nuestra voluntad de cambiar de vida y de alejarnos de nuestras malas costumbres y actitudes pecaminosas; ¡Dios nos ayudará!.

Esto lo podemos comprobar en el relato del fariseo y el publicano (recaudador de impuestos): "Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.

Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.
Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido" (Lucas 18:10-14).

Dios escuchará nuestras oraciones si verdaderamente sentimos remordimiento y estamos conscientes de nuestros pecados y dispuestos a cambiar: "Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9). Se requiere mucho valor para reconocer los pecados y alejarse de ellos; por esta razón debemos humillarnos y buscar a Dios de todo corazón.

Isaías nos exhorta: "Buscad al Eterno mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Eterno, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar" (Isaías 55:6-7).

CLAVE NÚMERO 4: BUSQUE SIEMPRE LA VOLUNTAD DE DIOS.

En el "ejemplo de oración" Jesús nos enseña a pedir: "Hágase tu voluntad, como en el Cielo, así también en la Tierra" (Lucas 11:2). ¡La voluntad de Dios, no la nuestra! El deseo de Jesús siempre fue hacer la voluntad de su Padre.
La noche antes de su crucifixión, mientras oraba en agonía, dijo: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa [el terrible sufrimiento]; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22:42).

Y de esta manera Jesús sometió su voluntad a la de su Padre y se dispuso a sufrir por todos nosotros. Entonces Dios fortaleció a Jesús para que soportara el sacrificio (v. 43), en la misma forma que nos fortalecerá a nosotros si oramos para que se haga su voluntad. Algunas veces parece que la voluntad de Dios es responder a nuestras oraciones con un "NO". Pero si dice "no", nos dará fuerzas para soportar. También es de gran importancia conocer toda la voluntad de Dios, no solo en un aspecto específico, sino en todo el camino de vida que revela en la Biblia.

Un principio fundamental para recibir respuesta a las oraciones nos viene por medio del apóstol Juan: "Cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él" (1 Juan 3:22).
¿Estamos guardando sus mandamientos y agradándole?
Si tenemos la actitud sumisa de obediencia, como la tuvo Jesús, nuestras oraciones serán acordes con la voluntad de Dios.

Los seres humanos por naturaleza somos egoístas. Siempre queremos obtener, pero el camino de Dios es el camino de dar. ¿Es así como oramos?
¿Pedimos en primer lugar por los demás antes que por nosotros mismos?
¿Pedimos que se haga la voluntad de Dios en vez de la nuestra?

El mundo estimula la codicia y el egoísmo, pero Jesús nos dejó un ejemplo de generosidad. Aun en el momento de la crucifixión oraba por los demás: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).

CLAVE NÚMERO 5: PEDIR A DIOS QUE AUMENTE NUESTRA CONFIANZA Y NUESTRA FE EN ÉL.

Ya hemos visto que la lectura de la Biblia nos ayuda a aumentar la fe. A Hebreos 11 se le conoce como "el capítulo de la fe", porque nos recuerda los ejemplos de los héroes de la fe. Podemos tener fe en Dios y Dios nos promete que si lo buscamos con sinceridad, lo vamos a encontrar: "Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios tiene que creer que Dios existe, y que recompensa ampliamente a quienes le buscan" (Hebreos 11:6).

En primer lugar debemos tener la certeza de que hay un Dios Creador Todopoderoso y Omnisapiente, que nos ama así como a todo ser humano sobre la Tierra: "Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antigüos. Por la fe entendemos haber sido constituido el Universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía" (Hebreos 11:1-3).

CLAVE NÚMERO 6: RECE FERVIENTEMENTE

Dios está formando una familia espiritual. Nos ama como un Padre ama a sus hijos. Por esta razón, en nuestras oraciones debemos dirigirnos a Dios como nuestro Padre. Como el rey David en sus oraciones, debemos reconocer a Dios como el Creador. David oraba con sentimiento y entusiasmo y fue un hombre conforme al corazón de Dios (Hechos 13:22).

Muchos de los Salmos fueron las fervientes oraciones de David. Siempre fue sencillo, transparente y honesto en sus sentimientos hacia Dios, en sus ansiedades y en sus problemas. Fervientemente mostraba fe y confianza en que Dios escucharía sus oraciones. David clamaba: "Te he invocado, por cuanto Tú me oirás, oh Dios; inclina a mí tu oído, escucha mi palabra" (Salmos 17:6). David ponía todo su corazón en sus oraciones y siempre le complacía.

Debemos orar fervientemente y pedir de todo corazón por los demás.
¿Oramos siempre por los enfermos? Recordemos las palabras del apóstol Santiago: "Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho" (Santiago 5:16).

Quien se olvida de uno mismo y ora por los demás recibe mucho más de lo que pide y adquiere muchos méritos ante Dios.

CLAVE NÚMERO 7: RECE EN EL NOMBRE DE JESUCRISTO

Orar es un privilegio, y es un regalo que Dios dá a los que se esfuerzan. Es la oportunidad de presentarnos espiritualmente delante del trono de Dios. Pero esa oportunidad no viene de nuestra propia autoridad y convicción.

Oramos en el nombre o por la autoridad de nuestro Señor, quien nos enseña a orar. Se trata del Hijo de Dios que en la Biblia nos exhorta a "pedir, buscar y llamar". En el Evangelio de Juan varias veces Jesús nos promete que Dios oirá nuestras oraciones si pedimos en su nombre.
Jesús nos da autoridad y estímulo para orar. Pedir en el nombre de Jesús significa que estamos pidiendo mediante su autoridad. Jesús les dijo a sus discípulos: "En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará" (Juan 16:23).

En nuestras oraciones debemos tener presente que no nos presentamos delante del trono de Dios por nuestra propia autoridad, sino por la autoridad del Hijo de Dios, Jesucristo, único Señor de todo lo creado.

CLAVE NÚMERO 8: JESÚS NOS OFRECE A SU MADRE MARÍA SANTÍSIMA.

Jesús, le confía al discípulo Juan a María con las palabras: "Mujer, he ahí a tu hijo", desde lo alto de la cruz se dirige al discípulo amado, diciéndole: "He ahí a tu madre" (Jn 19, 26-27).
Con esta expresión, revela a María la cumbre de su maternidad: en cuanto Madre del Salvador, también es la madre de los redimidos, de todos los miembros del Cuerpo místico de su Hijo.

La Virgen acoge en silencio la elevación a este grado máximo de su maternidad de gracia, habiendo dado ya una respuesta de fe con su "sí" en la Anunciación.
Jesús no sólo recomienda a Juan que cuide con particular amor de María; también se la confía, para que la reconozca como su propia madre.

Durante la última cena, "el discípulo a quien Jesús amaba" escuchó el mandamiento del Maestro: "Que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12) y, recostando su cabeza en el pecho del Señor, recibió de él un signo singular de amor.
Las palabras: "He ahí a tu madre" expresan la intención de Jesús de suscitar en sus discípulos una actitud de amor y confianza en María, impulsándolos a reconocer en ella a su madre, la madre de todo creyente.
Esas experiencias lo prepararon para percibir mejor en las palabras de Jesús la invitación a acoger a la mujer que le fue dada como madre y a amarla como él con afecto filial.

A la luz de esta consigna al discípulo amado, se puede comprender el sentido auténtico del culto mariano en la comunidad eclesial, pues ese culto sitúa a los cristianos en la relación filial de Jesús con su Madre, permitiéndoles crecer en la intimidad con ambos.

Es el deseo de Dios que todos descubran en las palabras de Jesús: "He ahí a tu madre", la invitación a aceptar a María como madre, respondiendo como verdaderos hijos a su amor materno.

CLAVE NÚMERO 9: ORACIONES PODEROSAS; EL SANTO ROSARIO Y EL VÍA CRUCIS.

El culto que la Iglesia católica rinde a la Virgen no es sólo fruto de una iniciativa espontánea de los creyentes ante el valor excepcional de su persona y la importancia de su papel en la obra de la salvación; se funda en la voluntad de Hijo Jesús.

En la escuela de la Virgen, los discípulos aprenden, como Juan, a conocer profundamente al Señor y a entablar una íntima y perseverante relación de amor con él. Descubren, además, la alegría de confiar en el amor materno de María, viviendo como hijos afectuosos y dóciles.

La historia de la piedad cristiana enseña que María es el camino que lleva a Cristo y que la devoción filial dirigida a ella no quita nada a la intimidad con Jesús; por el contrario, la acrecienta y la lleva a altísimos niveles de perfección.

Los innumerables santuarios marianos esparcidos por el mundo testimonian las maravillas que realiza la gracia por intercesión de María, Madre del Señor y Madre nuestra.

Al recurrir a Ella, atraídos por su ternura, también los hombres y las mujeres de nuestro tiempo encuentran a Jesús, Salvador y Señor de su vida.

Sobre todo los pobres y los pobres de espíritu, probados en lo más íntimo, en los afectos y en los bienes, encontrando refugio y paz en la Madre de Dios, descubren que la verdadera riqueza consiste para todos en la gracia de la conversión y del seguimiento de Cristo.

EL SANTO ROSARIO.

¿Qué oración es la más agradable a muestra Madre del cielo?

Los santos, los fieles y los Papas han coincidido que es el Santo Rosario por excelencia.
Las bendiciones espirituales que reciben quienes lo rezan diariamente está expresado en las promesas que María según la tradición atribuye al beato Alan de la Roche (1428 aprox. - 1475) de la orden de los dominicos el origen de estas promesas hechas por la Santísima Virgen María. Es mérito suyo el haber restablecido la devoción al santo rosario enseñada por Santo Domingo apenas un siglo antes y olvidada tras su muerte.

LAS 15 PROMESAS DEL SANTO ROSARIO.




EL VÍA CRUCIS.

El Vía Crucis (traducido: "Camino de la Cruz") es una oración que tiene como objetivo hacernos conocer y meditar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en su camino hacia el Calvario. Éste camino comienza en la casa de Pilatos, donde Jesús es condenado a muerte, y finaliza en el Monte Calvario donde muere. Se representa por medio de una serie de imágenes de la Pasión a las que se las llama "Estaciones" y corresponden a incidentes particulares que Jesús sufrió para la salvación de nuestra alma.

La finalidad de las Estaciones es ayudarnos a unirnos a Nuestro Señor haciendo una peregrinación espiritual a la Tierra Santa donde Jesús murió por todos los seres humanos desde el comienzo de la historia hasta fin de los tiempos. Los momentos mas señalados son su Pasión y muerte redentora. Pasamos de Estación en Estación meditando entre cada estación o recitando ciertas oraciones.
Varios santos, entre ellos San Alfonso Ligorio, Doctor de la Iglesia, han escrito meditaciones para cada estación. Es tradición, cuando las Estaciones se hacen en público, cantar una estrofa del "Stabat Mater" mientras se pasa de una estación a la otra.
Al igual que el Santo Rosario, el Vía Crucis tiene promesas que Jesucristo reveló al Hermano Stanislao, un joven español. Las 14 promesas del Vía Crucis son de una belleza espiritual enorme, y que beneficia en grande a quienes lo practiquen y se hagan devotos de esta oración riquísima en bienes espirituales.>br> Al igual que el Santo Rosario, el Vía Crucis es un pasaporte seguro hacia el cielo, cargado de promesas muy beneficiosas para el alma, que duraran para toda la eternidad.

LAS 14 PROMESAS DEL VÍA CRUCIS.




CLAVE NÚMERO 10: LA ASISTENCIA A LA SANTA MISA.

La asistencia a la Santa Misa es una excelentísima forma de acrecentar nuestra vida espiritual, sin la cual todo nuestro ser estaría vicío. Con la asistencia a Santa Misa se gana muchos méritos que nos servirán en el otro mundo para toda la eternidad.
La Santa Misa es una oración perfecta, agrada muchísimo a Dios y nos llena de bienes espirituales. La oración y la Santa Misa están tan unidas que es imposible separalas. Ambas son como un imán, se atraen el uno al otro. Quien reza se siente más atraído por asistir a Misa. Quien va a Misa se siente más atraído por rezar.
No se puede rezar si antes no asiste a la Santa Misa, y no se puede asistir a Misa si antes no ha rezado.

Con la asistencia a la Santa Misa glorificamos a Dios Padre:

- La Misa es un sacrificio de propiciación (aplaca la justicia divina) por nuestros pecados.
- La Misa es un memorial: Se conmemora la muerte de Jesús, pero no como un recuerdo psicológico, sino como una realidad mística. Cristo se ofrece a si mismo tan realmente como lo hizo en el Calvario.
- La Misa es un banquete sagrado: El mismo Cristo que se ofrece, lo recibimos la Eucaristía.
- La Misa es el medio principal que Dios ha establecido para aplicar los méritos que Cristo ganó en la Cruz para toda la humanidad, desde el comienzo hasta el fin de los tiempos.

Hagamos todo lo posible para poder recibir la Sagrada Comunión. Si es necesario debemos confesarnos.
No debemos comulgar si tenemos pecados graves o mortales.
Acercarse al sacerdote con confianza ya es Dios quien perdona, através del sacerdote.
Dios siempre nos espera y nos perdona, no importa cuantos pecados pueda uno tener, el amor y la bondad de Jesucristo es mucho más grande que cualquier pecado cometido.

Jesús nos dice «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros».

La Sagrada Comunión produce frutos:

- acrecienta nuestra unión íntima con Jesucristo;

- conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo;

- purifica de los pecados veniales,
- fortalece la caridad y nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo;
- renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia;
- nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da el premio de la gloria futura.

Para recibir todos los méritos disponibles es necesario participar con fe. Cuanto mas fe se viva la Santa Misa, mayor gloria se le ofrece a Dios y mayor la gracia que se recibe, no solo para los participantes sino para la humanidad.

Pongamos en práctica éstas 10 claves de la oración eficaz, y veremos cambios dramáticos para el bien en nuestra vida y en la de quienes nos rodean. Con mucha fe y mucha confianza; debemos orar con el mayor fervor posible, y con la mayor frecuencia para mayor eficacia.

Frases y Dichos


La bondad y majestad de Dios son infinitas, y sus beneficios y misericordias para con el hombre sobrepasan las arenas del mar. (San Pedro Alcántara)

No dejes crecer la mala hierba en el camino de la amistad. (Platón)

Donde quiera que se halle un ser humano puede hacer un beneficio. (Séneca)

El amor es como los niños recién nacidos, hasta que no lloran no saben que viven. (Jacinto Benavente)

Nadie nace libre de vicios, el ser humano más perfecto es el que tiene menos. (Horacio)

Portate bien, porque del ridículo no se vuelve. (Maurois)

Ten cuidado, como te ven te tratan, si te ven mal, te maltratan. (Anónimo)

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